Sin vacunas ni tratamiento y en zona de conflicto: el brote de ébola es 'muy preocupante'
Lucas Molfino, director médico de MSF Suiza, destaca la necesidad de coordinación entre países para cortar las cadenas de transmisión.

Estudiantes se lavan las manos como prevención contra el virus del ébola en el Instituto Mwanga de Goma, en la República Democrática del Congo.
El País
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Actualizada:
11 jun 2026 - 14:46
Antes de que el ébola comenzara a propagarse el pasado mes de abril, la situación sanitaria de la región de Ituri, en el noreste de la República Democrática del Congo (RDC) ya era complicada, con brotes de cólera, diarreas y miles de personas desplazadas de sus hogares.
Pero lo que se viene ahora es un auténtico quebradero de cabeza.
“Con una cepa para la que no existen vacunas ni tratamiento, la variante Bundibugyo, y con el epicentro de la epidemia en una zona transfronteriza, con grandes movimientos de población y áreas de difícil acceso por el conflicto, este brote es muy preocupante”
Lucas Molfino
“Las herramientas que tenemos para afrontarlo se reducen considerablemente, lo que nos obliga a volver al núcleo duro, a trabajar la detección precoz, el rastreo de contactos y la capacidad diagnóstica”
Lucas Molfino
El virus se está moviendo con rapidez y ha pasado de menos de un centenar de casos a más de 500 en apenas cuatro días, con 130 personas fallecidas.
El Gobierno congolés ha anunciado la apertura de tres centros de tratamiento, donde se abordarán los síntomas de la enfermedad mientras no se desarrolle algo mejor. Por eso la clave es romper las cadenas de transmisión mediante el aislamiento de las personas afectadas y la gestión de entierros seguros.
La epidemia de ébola de 2014-2016 en África occidental supuso un antes y un después en el abordaje de esta enfermedad descubierta en 1976.
Durante casi medio siglo, los brotes que afectaban a zonas más o menos remotas de países como Gabón, República del Congo, la RDC, Uganda o Sudán seguían un patrón de explosión inicial de casos, aislamiento de poblaciones y reducción progresiva de la transmisión hasta que el propio virus se debilitaba o dejaba de transmitirse, dejando tras de sí decenas o cientos de fallecidos.
Sin embargo, la epidemia de 2014, que se inició en Guinea y afectó también a Liberia, Sierra Leona y Nigeria, provocó más de 28.000 casos y 11.000 muertos.
Fue entonces cuando se desarrollaron vacunas y tratamientos homologados, que fueron claves para acabar con este brote y los posteriores.
Entonces, todo aquel esfuerzo internacional se centró en la cepa Zaire, la más habitual. La variante Bundibugyo, que toma su nombre de una pequeña localidad ugandesa donde apareció por primera vez en 2007, solo ha producido tres epidemias, incluida la actual.
Con una tasa de letalidad que ronda entre el 20% y el 50%, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), sus síntomas son, como en las otras cepas, fiebre, dolores musculares, vómitos, diarreas y, en su fase final, hemorragias internas.
El ébola es endémico en Congo y Uganda, lo que hace que exista un sistema de vigilancia epidemiológica que hace saltar las alarmas ante la aparición de los mismos y una red de laboratorios para detectar la presencia del virus. Pese a ello, el brote pasó desapercibido durante más de un mes.
“El sistema sanitario en Ituri tiene sus deficiencias, lo que, sumado al conflicto, dificulta la vigilancia epidemiológica”, comenta Molfino.
“Nosotros recibimos las primeras señales de alerta en torno al 9 y 10 de mayo, pero para ese entonces ya se habían producido 55 muertos desde principios de abril.
Hay localidades de difícil acceso y muchísima gente en movimiento. Esta falta de diagnóstico ha hecho que haya muchos casos sin reportar.
En este momento, es muy complicado tener una foto de la situación porque la situación epidemiológica está cambiando muy rápido”.
El rastreo del ébola para cortar las cadenas de transmisión es un trabajo detectivesco que conlleva una logística brutal.
Hay que localizar a las personas que estuvieron en contacto con cada uno de los enfermos y realizarles un seguimiento estrecho durante al menos 21 días para permitir una detección precoz y aislamiento en el caso de que desarrolle los síntomas.
Esto se complica aún más cuando hay varios países implicados y, dentro de un mismo país, zonas controladas por el Gobierno y por los rebeldes, como es el caso de Congo.
“La coordinación internacional debe ser muy estrecha, ningún país puede afrontar esto solo. Únicamente el primer trimestre de 2026 se contabilizaron más de 100.000 desplazados por el conflicto en Ituri, personas que ya estaban viviendo unas condiciones sanitarias catastróficas, con cólera, malaria, diarreas y ahora ébola, que es una enfermedad que mina mucho la relación con las comunidades por el miedo y la desconfianza”
Lucas Molfino, director médico de MSF Suiza.
Por todo ello, el diseño de la respuesta frente a un brote de ébola como este, que necesita de miles de personas desplegadas sobre el terreno y de un gran esfuerzo internacional, debe incluir también un refuerzo del sistema sanitario para otras patologías.
“La gente sigue enfermando, las mujeres tienen hijos, no podemos olvidarnos de todo esto”, explica Molfino, “necesitamos escalar nuestra capacidad operativa y hacerlo muy rápido. Esperemos que la comunidad internacional esté a la altura, porque va a ser muy necesaria. Y lo digo porque vivimos en un contexto tremendo de recortes para la salud”.
Contenido publicado el 19 de mayo de 2026 en El País, ©EDICIONES EL PAÍS S.L.U.. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.
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