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El ‘boule de fort’, el único deporte que se practica con zapatillas de andar por casa

Este juego francés tiene reglas similares a la petanca, pero se entrena en interiores, en silencio y sobre pistas curvadas.

El objetivo del juego es dar con la pequeña bola blanca, llamada 'maître'.

Etienne Begouen (Anjou Tourisme)

Actualizado:

08 jul 2026 - 12:33

Ya el filósofo griego Filóstrato afirmó en su obra Gimnástico —el primer tratado de la Antigüedad que ha llegado hasta nosotros sobre los beneficios de la gimnasia— que el deporte no es un simple recreo para entrenar el cuerpo, sino un requisito esencial para fortalecer el pensamiento. 

Desde entonces, los deportes han servido también para expresar culturas, territorios e incluso formas de entender la vida. 

Algunos parecen inseparables del lugar que los vio nacer: la petanca remite inevitablemente al sur de Francia; el sumo, a Japón; el hurling, a Irlanda; el críquet, a Inglaterra, o el tejo, a Boyacá, en Colombia.

¿Quiénes pueden jugar boule de fort?

Durante un viaje por la región Países del Loira, descubrí la boule de fort, un juego de bolas típico de Angers y la región de Anjou. 

Practicado a cualquier edad y siempre en un espíritu de convivencia, esta singular modalidad de juego de bolas posee una característica que la sitúa en una categoría irrepetible: se practica en pantuflas. 

Y no como metáfora filosófica del confort existencial, sino como equipamiento reglamentario. 

Es único en Francia y está declarado como patrimonio cultural inmaterial de la Unesco.

Las reglas son similares a las de la petanca, pero las condiciones son diferentes: se juega en interiores y en silencio, sobre una pista curvada, con bolas asimétricas y desequilibradas, por lo que no es nada fácil acercar una bola al maître (boliche).

El origen de la boule de fort es un misterio. Algunos sostienen que el juego fue introducido en el valle del Loira por comerciantes ingleses y holandeses que practicaban un juego similar. 

Otra versión dice que lo inventaron marineros del XVIII jugando en el fondo de los barcos; otra, que procede de antiguos rodamientos de bolas de molinos utilizados por prisioneros españoles en la construcción de los diques del Loira, que jugaban en las zanjas excavadas para extraer la tierra.

Los clubes de boule de fort son lugares de convivencia donde la gente se reúne para jugar y entrenar, pero también para conversar entre puntos y tomar un cointreau con hielo o un espumoso ­ackerman, que es lo que se lleva aquí. 

Los gastos de mantenimiento se cubren gracias a los ingresos del bar. 

Un juego exclusivo de los hombres

Durante mucho tiempo, la boule de fort fue también un reflejo de otra curva, la social: un juego reservado exclusivamente a los hombres. 

No sería hasta los años setenta cuando, por fin, las mujeres cruzaron la pista como jugadoras.

Marie-Caroline Chaudruc, directora del Museo de Arte Contemporáneo Château de Montsoreau y gran jugadora de boule de fort, me guio de manera sublime por un castillo cuya arquitectura y vínculo con el Loira inspiraron a artistas como Alexandre Dumas autor precisamente de la novela La dama de Montsoreau), William Turner, Auguste Rodin o Gustave Flaubert. 

Después fuimos a L’Union, el círculo de boule de fort situado en la calle principal del pueblo, en lo que antaño fueron Les Halles y después el patio de un colegio.

En la cancha, Olivier, uno de los jugadores, comenta: Lo que me atrae de esta práctica es su sutileza. 

Las bolas ligeramente más pesadas de un lado que del otro y la pista curvada son un poco como la vida: no es un recorrido lineal, puede haber obstáculos, por lo que se necesita estrategia, saber controlar los nervios y ser paciente.

Aquí la elegancia consiste en entrar en la pista con la autoestima doméstica de quien podría, perfectamente, haberse olvidado de salir de casa. 

Y, sin embargo, se está compitiendo con elevada pasión.